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01:Para entrar al discurso del psicoanálisis

Estoy aquí porque es una convocatoria respecto de una convocatoria. En la cartilla, bajo mi nombre, dice que soy quien convoca a esta práctica, pero la convocatoria viene del conjunto de los Miembros de la Escuela, quienes me convocaron para coordinar un trabajo que la Escuela se propone con el objetivo de lograr llevar adelante un programa de trabajo a partir del discurso del psicoanálisis, a partir de Freud y de Lacan, que ponga en juego la relación dimensional particular que hay entre Freud y Lacan.

Lacan, en un trabajo que tiene por título El saber del psicoanalista, dice que hay un saber que admite hablar de una comunidad entre él y Freud. Esta comunidad quiere decir que podría ser que Freud y Lacan digan lo mismo; de todas maneras, hay en Lacan un trabajo de puesta en discurso de lo que Freud nos transmitió, hay un trabajo que realizó Lacan que es poner en discurso la enseñanza y los textos que Freud nos legó. Lo cual plantea la necesidad de, no únicamente articular los textos, sino de trazar todo un camino con una determinada orientación.

La orientación del trabajo a realizar está justamente en el texto que tenemos en la cartilla. La realización de este programa de trabajo, que está en progreso, que es un work in progress, para decirlo con un sentido joyceano, tiene una orientación que estamos realizando. Hemos trabajado durante un tiempo con un grupo de Miembros de la Escuela para precisar la orientación, y seguimos trabajando.

Mi función es orientar y coordinar este desarrollo, que está a cargo de todos y cada uno de los miembros de la Escuela que quiera desarrollar en una, dos o tres reuniones, según lo que sea propio de la necesidad de ese desarrollo, parte de lo que vamos a ir realizando. De esta forma vamos a considerar la conveniencia o inconveniencia de un determinado recorrido. Vamos a hacer un recorrido y vamos a ver en qué punto mantiene su coherencia y en qué punto la pierde; o dónde se produce un salto en el desarrollo relativo a la articulación de las cuestiones que vamos tratando.

Las cuestiones en psicoanálisis que tienen que ver con la técnica, o incluso con la clínica, pueden y deben ser planteadas dentro de lo que es el psicoanálisis como discurso.

El psicoanálisis surge como un discurso nuevo, que no existía antes de que Freud existiera, y se establece como tal una vez que Lacan advierte este hecho que acabo de decir.

Es a partir de que Lacan descubre en Freud el surgimiento de un orden de verdad que no existía hasta el momento en que Freud lo descubre, un orden de verdad propio del discurso que crea un nuevo tipo de lazo social, y es por esto que se constituye como discurso.

Lacan advierte que el psicoanálisis es un tipo de lazo social que está basado en el hecho de que se hable, en determinadas condiciones que hacen al lazo que es propio del análisis. Es un lazo social que no existía hasta que esta dimensión nueva de la palabra, que surge con el análisis y que comporta una dimensión de verdad, surge con Freud.

Lacan dice en el primero de sus seminarios, el Seminario I Los Escritos técnicos de Freud, que algo debía estar muy desviado, que algo debía estar muy mal en el mundo,en lo que tiene que ver con la relación del sujeto a la palabra, para que una palabra tan fuerte tuviera que surgir.

Es interesante considerarlo de esta manera porque podríamos preguntarnos qué es lo que tiene que surgir ahora, ya que las cosas andan bastante mal en lo que se refiere a todo lo que puede implicar lo que es discurso. Es un momento en el que se producen tales movimientos discursivos que, en lo que respecta a esa dimensión de verdad de la palabra, todo parece muy cerca de desmoronarse. Es necesario trabajar en esta manera de considerar las cosas respecto del lazo social que es el discurso, para ver cuál es el lugar de nuestra práctica en todo esto.

En este sentido, podemos considerar que tiene sentido que exista este ámbito en el que estamos. Un discurso es algo que se habita, y quienes estamos acá y todos los seres hablantes habitamos un discurso. Cuando me refiero al ámbito en el que estamos no me refiero a habitar un discurso, sino al hecho de tratar de instalarnos en el psicoanálisis como discurso. La técnica, la clínica, la teoría, fuera de discurso son perfectamente practicables, pues se puede sostener un lazo analítico conociendo la técnica, algo de la clínica y algo de la teoría.

El problema se plantea respecto del lazo social que está allí en juego. Lo que está en juego en el análisis es lo que Freud llamó la transferencia, que no puede ser una coartada respecto de la dimensión de discurso que necesita el análisis, siempre si estamos situándonos en relación con la enseñanza de Lacan.

Fuera del análisis como discurso no tiene sentido que exista una escuela. La necesidad de algo que funcione en términos de escuela, en lo que respecta al análisis, tiene que ver con el hecho de que se trata de este discurso, que es el discurso del analista, que es el discurso que recoge los efectos de lo que ocurre en lo que llamamos en el discurso corriente. Vamos a decirlo así provisoriamente, vamos a tener otras maneras de definir el discurso analítico.

Entonces, el discurso es un lazo social, siempre es un lazo social, no sólo el discurso analítico, todo discurso es un lazo social. Y este carácter de lazo social propio del discurso es perfectamente reconocible cuando el lazo social no se establece, cuando hay una dificultad respecto del establecimiento del lazo social, tal como sucede, por ejemplo, en la psicosis. La psicosis es la prueba de que el discurso es un lazo social.

¿Por qué? Porque si hablamos de la psicosis —no en un sentido lacaniano, pues para Lacan la psicosis en cuanto a perteneciente al discurso es la paranoia—, si hablamos de la psicosis en términos generales, desde un punto de vista psiquiátrico, es muy claro que no hay allí un lazo social, y que en la paranoia se trata de restituirlo. Es perfectamente constatable en Lacan que hay una manera de definir, y no sólo en la psicosis, cierta situación del sujeto como fuera de discurso. Y fuera de discurso quiere decir fuera del lazo social.

En ese sentido, el fuera de discurso admite que hablemos también de fobia, porque la fobia es un problema con el discurso si el discurso es un lazo social. Es decir, las cuestiones que conciernen a lo que vamos a llamar la estructura son siempre cuestiones de discurso, y la orientación que vamos a darle a nuestro trabajo es considerar el juego de estas dimensiones, que al mismo tiempo que apuntan a lo más singular, no a lo individual, sino a lo que es la marca, la singularidad, el síntoma de un sujeto, conciernen siempre a su relación y a su situación en el discurso, pues su relación a la palabra es una relación al discurso como lazo social.

Al final del corto texto de presentación de la orientación que va a tener este trabajo, hago referencia a un texto de San Agustín, De Magistro, trabajado por Lacan en el Seminario I Los Escritos técnicos de Freud, donde se trata de un diálogo entre San Agustín y su hijo. Es un diálogo que lleva por título De la locución y la significación, y trata de la relación entre la palabra y la significación. Y si nos situamos bien agustinianamente, y vamos a hacerlo porque nos conviene, vamos a ver que trata de la relación entre el signo y la significación.

Lacan trabaja este texto de San Agustín para poner en juego lo relativo a la función significante del signo, de donde va a despejarse la relación del signo a la significación.

Antes de San Agustín nadie se ocupó de esta relación entre el signo y la significación. Y San Agustín parece haberse ocupado tan bien que aún hoy este texto puede ponerse en contacto con la lingüística de Saussure, sin tener casi desventajas respecto de un texto muy moderno. Es muy moderno el texto de San Agustín acerca de la significación, porque no plantea, como lo hicieron los estoicos, la relación entre el signo y La Cosa, sino la relación entre el signo y la significación.

El punto de partida, la pregunta fundamental del texto es: ¿Qué hacemos cuando hablamos?

El hecho de formular esa pregunta conduce directamente a cuál es la relación entre el signo y la significación, cuál es la limitación que se pone en juego a partir de esta relación. ¿Qué hacemos cuando hablamos? Enseñamos y signamos. Enseñar es signar, es decir, poner bajo una insignia. Por eso decía que la palabra y la significación no es lo mismo, no es el mejor camino referirse aquí a la palabra, hay que referirse al signo, al verbo, al nombre, que son los términos que se están manejando en esta avanzadísima y tan antigua lingüística que propone San Agustín a partir de lanzar su pregunta.

Retomando el texto, decía que es un diálogo entre San Agustín y su hijo que no apunta a la relación del signo con La Cosa. ¿Cuál es la relación del signo con la cosa en lo que se refiere a la verdad? ¿Hay correspondencia del signo con La Cosa? Ahí empieza a plantearse la cuestión de la verdad. Si hay correspondencia, ¿cuál es el límite? ¿Qué es lo que el otro entiende de lo que yo digo? ¿Qué es lo que el otro escucha de lo que yo digo? ¿Es que yo puedo cernir qué es lo que el otro escucha de lo que yo digo? Para el que escucha, para San Agustín, que parece haber seguido el Menón de Platón como modelo, el que habla despierta recuerdos en el que escucha, y en función de lo que despierta, el que escucha significa o es enseñado por lo que el otro dice. Es posible darse cuenta qué enorme posibilidad de equívoco hay en esta enseñanza.

La verdad se transmite, pero a través del error. Es la forma de transmisión de la verdad, y en correspondencia con esto, Lacan dice que el día del juicio final se aclararía el error.

Entonces, la cuestión es la no correspondencia en lo que respecta al límite puesto en juego en lo que tiene que ver con la significación. ¿Qué es lo que el otro dice?, o para decirlo lacanianamente, ¿qué me quiere decir el otro con lo que me dice? No es sólo ¿qué me dice?, porque no puede desligarse de un ¿qué me quiere decir? Incluso podríamos suprimir la última parte y encontrarnos con lo que Lacan plantea en el grafo del deseo, ¿qué me quiere el otro? Pero en definitiva, siempre se trata de lo que me quiere decir el otro con eso que me dice.

El problema que plantea San Agustín es que la no coincidencia del signo con la significación impediría que hubiera un acceso a la verdad. El acceso a la verdad no podría esperarse de que coincidieran porque la palabra puede ser mentirosa, la palabra puede mentir. La verdad presenta siempre la posibilidad de una trampa, la verdad puede funcionar como una trampa. Y la búsqueda de la verdad supone el riesgo de que la verdad funcione como una trampa, pues si la palabra puede mentir, puede funcionar como una trampa.

Es muy antiguo el descubrimiento de que la búsqueda de la verdad puede funcionar como una trampa, es el caso del cazador cazado, la caza de Diana, la Verdad, y Freud se acerca mucho a esta cuestión cuando trata cuestiones concernientes a la relación entre el signo y la significación, es lo que Lacan llamó la cosa freudiana.

¿Qué es la cosa freudiana? Es el hecho de que la verdad hable, por lo cual no puede decir la verdad sobre la verdad. Lacan dice que San Agustín no capta que, si la palabra puede mentir, plantea la cuestión de la verdad, y no puede plantearse la dimensión de la verdad por fuera de la palabra. Es una división. San Agustín no llega a esta división que Lacan nos presenta con toda evidencia, lo que dice es que la relación entre el signo y lo significado por el signo no me da la verdad.

Pero entonces, ¿qué es lo que me da la verdad? Un sentimiento interior de verdad que viene del Maestro, de Cristo claro está. O sea, viene de la fe y está demostrado. Y que está demostrado quiere decir que viene de Cristo, no de Dios. No de Dios sino de Cristo, porque si está demostrado, tiene que haber allí un cuerpo, y Cristo es el cuerpo de esta demostración. Esta división se plantea todos los días, y es lo más opuesto de lo que podría entenderse como la fe.

En estos días se escuchan decir cosas respecto de la elección del Papa. Por ejemplo, algunos creyentes dicen: ‘Esperemos que el Espíritu Santo no se equivoque!’ (sic!). En realidad se supone que el Espíritu Santo no se puede equivocar, entonces, ¿cómo un creyente puede decir que espera que el Espíritu Santo no se equivoque? Así es la fe, es lo que define a la fe. No es que la persona que lo dice no tiene fe, quiere decir que tiene fe, y en un sentido muy claro en lo que respecta a la relación con la verdad, en el momento en que dice: ‘ojalá que el espíritu santo no se equivoque’, sale tranquilamente de discurso. Claro que hay algo que no tiene sentido, hay una contradicción, porque en el discurso religioso el Espíritu Santo no puede equivocarse, pero lo que ocurre es que el que habla sale del discurso un ratito y se sirve del Espíritu Santo como le place, que para eso está.

Es como el casillero vacío que permite que se muevan las otras piezas, el grado de libertad está dado en el trípode: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, lo que no puede uno o el otro, lo hace el Espíritu Santo. Lo que falla lo arregla el Espíritu Santo, y se ve muy claro que si el Espíritu Santo se equivoca, si el Papa resulta quién sabe qué personaje más o menos peligroso, lo cual puede suceder, será obra del Espíritu Santo y no de lo que ocurrió en el momento de elegirlo. Está todo muy bien armado. Por eso Lacan la llamaba la religión verdadera, porque está todo tan bien armado que es un discurso interrogable, un discurso vigente.

Lacan preveía que el de la religión era un discurso que iba a durar muchísimo tiempo, en este caso el de la religión cristiana, pero parece que en este momento se podría dudar de eso, lo cual no quiere decir que las cosas vayan a mejorar, al revés. Porque es más el fuera de discurso lo que parece imponerse, por ejemplo con las sectas, mientras que si el discurso se sostuviera la relación a la verdad tendría una posibilidad. En la medida en que predomina el fuera de discurso, la relación al saber y a la verdad, la posibilidad de su interrogación resulta remota.

De hecho el sentido se alcanza a través de Cristo —que es la demostración—, según San Agustín, lo que daría la posibilidad, a pesar de lo que puede constituir este límite en lo que respecta a la significación, de que algo conserve un sentido a partir de un sentimiento interior que está dado por la fe en Cristo, que es el verbo encarnado. Dios no es el verbo encarnado, es Cristo.

A partir de introducir la relación entre el signo y la significación, Lacan define al análisis como una técnica de la palabra. Decir que es una técnica de la palabra no es decir que es un tratamiento por el espíritu, y sin embargo, es un término de Freud.

El término espíritu tiene muchas connotaciones, una de ellas es ingenio. En francés, el chiste se denomina mot d’esprit, y no es espíritu, es algo relativo al ingenio, la chispa, una técnica de la palabra que Freud pone en juego en el chiste. Es en este sentido que Lacan dice que es una técnica de la palabra. En lo que concierne al sentido de esta técnica de la palabra, se trata de que en el discurso corriente hay algo más allá de ese discurso que puede ser recogido por otro discurso. En este sentido, el discurso del analista es el resultado de algo que se recoge de lo que funciona como discurso corriente, porque en el discurso hay algo que va más allá.

Que hay algo que va más allá significa que se dice más de lo que se piensa decir, o que se dice menos de lo que se piensa decir, u otra cosa que lo que se piensa decir. Más, menos, u otra cosa, en cualquiera de estos casos se trata de algo que se habla más allá del discurso. Dentro de los límites del hecho de que alguien hable, algo va más allá del discurso.

Es una fórmula interesante porque establece una diferencia entre el discurso y el hecho de que se hable, aunque el hecho de que se hable supone un discurso. Pero sucede que lo que se dice puede ir más allá de lo que ese discurso pretende decir, el dicho puede ir más allá. Porque diga menos o más, nunca puede excluirse de esa estructura de la significación. Es decir, nunca puede haber una coincidencia del enunciado con la enunciación, en términos de una lingüística más moderna que ya vimos donde tiene sus orígenes.

Nuevamente nos encontramos con el hecho de esta división, planteada por el hecho de que no se pueda hablar acerca de la verdad sin el contexto de la palabra. Toda cuestión relativa a la verdad se plantea porque existe la palabra. Como dice Lacan: La palabra, diga la verdad o mienta, establece la verdad como dimensión. Y es más, esta misma división plantea el hecho de cómo podría decirse la verdad.

Al principio de la clase planteé la cuestión de ¿cómo sería posible decir la verdad sobre la verdad? ¿cómo sería posible plantear algo que concierne a la función de la palabra, a la función del lenguaje, y que está en la dimensión del discurso sin que esto produjera una división? Y si produce una división, implica que esta división concierne a esta nueva dimensión de la verdad que surge con Freud.

En el Seminario I Los Escritos técnicos de Freud se trata, obviamente, de los escritos técnicos de Freud. Vamos a tocar puntos concernientes a esos escritos de Freud porque Lacan los trabaja para situar cuestiones en relación con la técnica; pero siempre para mostrar que lo que está en relación con la técnica no puede de ninguna manera considerarse sino en relación al discurso. En lo que se refiere a la técnica hay un problema que Freud enunció como el problema de las defensas o de las resistencias, el tratamiento de las defensas y de las resistencias, y si este es un problema relativo a la técnica es porque la resistencia no se pone en juego sino en el orden del discurso.

Freud, hablando de histeria, ya dijo que la resistencia se manifiesta en el momento en que hay una aproximación de lo que se dice a lo que podemos considerar el núcleo patógeno. Es un hecho relativo a un progreso y a una orientación determinada del discurso. Es decir, el discurso encuentra la resistencia en un punto, el discurso corriente encuentra y descubre la relación que mantiene con la verdad en el momento en que encuentra la contradicción. Cuando el que habla se interrumpe, vacila o se equivoca, en ese mismo momento hay alguna cosa que interviene bajo la forma de la represión y aparece una breve pausa, un suspiro o una exhalación, suficiente para indicar que hay allí un pensamiento, algo que no se puede o no se quiere decir, o que se cruza en ese momento y no tiene nada que ver con lo que se está diciendo. Eso es exactamente lo que Freud subraya como importante, todo lo demás no tiene ningún interés en lo que respecta a esa dimensión de verdad de la palabra.

No es para conocer la verdad que esto se pone en juego, se pone en juego para hacer surgir esa dimensión de verdad, a partir de que la palabra no podría plantearse sino como verdadera o mentirosa, y en cualquiera de los dos casos no podría decir la verdad, pero sí instaura, respecto de lo que se dice, una dimensión de verdad.

Es por lo cual la ética del psicoanálisis se distingue claramente de una moral. No porque auspicie la mentira, sino porque no escatima la dimensión de verdad que está en juego en la palabra. Y esa dimensión de verdad supone esta división que vamos a encontrar repetidamente, la misma división que está en juego en el síntoma. Es una división que concierne al hecho de que la verdad no pueda ser dicha. Es lo que Freud llamó la proton seudos, la primera mentira, la mentira histérica.

La mentira histérica es una mentira verdadera, no sólo porque pone en juego esta dimensión de la verdad, sino porque es muy claro que, si hay algo que es propio de la histeria, es decir la verdad. La histeria quiere a la verdad como transparente. Una histérica, hombre o mujer, quiere siempre decir la verdad; y por eso tiene un problema respecto de lo que se llama la identidad o la identificación, porque el hecho de querer decir la verdad equivale a caer en una trampa. En primer lugar porque no se puede lograr, pero para hacer más clara esta cuestión relativa de la división, Lacan dice: “La verdad se dice a medias”.

A medias no porque sea más o menos la verdad, sino porque supone una división, supone una mitad. Entonces, si alguien pretendiera ser transparente sería porque la transparencia supondría que nadie tendría algún secreto, algo que se guarde; y si nadie tiene algún secreto, algo que se guarda, entonces, nadie es responsable de nada.

La histérica se caracteriza por su responsabilidad porque trata de decir siempre toda la verdad, de manera tal de no cargar con ningún secreto, y por lo tanto, con ninguna reserva que sostenga su identificación de sujeto. Por esta misma razón, porque hay división no hay inocencia, y no es una cuestión moral. Nadie es inocente por lo que se produce en el orden del discurso.

Voy a continuar con lo relativo a la significación y a la relación del signo a la significación. Para el próximo viernes, habría que leer dos textos de Freud sobre la relación del signo a la significación: El fetichismo y La escisión del yo en el proceso de defensa.

Vamos a ver cómo podemos leer lo que Freud presenta de lo que se le presenta a él en lo que respecta al fetichismo y a la escisión del yo en el proceso de defensa. Es un largo proceso que empieza con Los tres ensayos, pero me interesa que lean estos dos textos para tratarlos con esta orientación, de manera tal que nos permita tratar cuestiones tanto relativas a la técnica, como a la clínica, como a la teoría.

A partir de mayo hemos pensado formar grupos de participación en el trabajo, para los miembros de la Escuela y también para las personas que no son miembros de la Escuela. Estoy armando un plan de trabajo con diferentes textos que serán trabajados en esos grupos. Va a ser conveniente, de acuerdo al trayecto, trabajar lo que corresponde a las formaciones del inconsciente, el chiste por ejemplo, es decir, lo que es relativo a la técnica de la palabra.

Lacan define el análisis como el tratamiento de lo real por lo simbólico. Es el análisis como praxis, cuando aquí dice que es una técnica de la palabra, es una especie de desafío para poner en juego que estas cuestiones en relación con la dimensión de la verdad están en el chiste, en el lapsus, en la equivocación. En el año ’54, en un escrito como La equivocación del Sujeto supuesto saber, o en el Seminario XXIV l'insu que sait de l'une bevue s'aile a mourre habla de bevue, también equivocación, lo no visto, y en el otro habla de la meprise, tomar una cosa por otra, el error, la equivocación, la metida de pata.

En este sentido Lacan plantea la equivocación en este seminario de una manera tal que nos permite considerar la formación del inconsciente como tal, y como equivocación. Son dos dimensiones, porque Freud dice que no es una equivocación porque dice algo respecto a la verdad, algo respecto de lo reprimido, y en ese sentido no es una equivocación. Lacan lo va a retomar para poner en juego la particular relación de la verdad con la función de la conciencia.

Freud habla del inconsciente, Lacan va a introducir un problema pendiente respecto de la conciencia y el verdadero estatuto del inconsciente. El inconsciente es real, simbólico e imaginario, Lacan busca establecer claramente la relación del inconsciente con lo real, y retoma más adelante la equivocación en este sentido.